Viajera de corazón de pájaro negro
tuya es la soledad a medianoche
tuyos los animales sabios que pueblan tu sueño
en espera de la palabra antigua
tuyo el amor y su sonido a viento roto
Alejandra Pizarnik
Es de noche, en mi cuarto también es de noche (porque siempre se aceptará, en mi ingenua casa, el orden natural de los acontecimientos). Acostada desde mi cama pienso que ya pasó ese momento errático en el que apago las luces y todo es oscuro vacío diferente, pues ya se distinguir las cosas, y veo mi biblioteca, mis sábanas, mi escritorio, y la puerta. He tenido miedo en pensar esa puerta: qué sabre yo si detrás de ella hay alguna intención de seguir despierto. No sé. Mi casa no es grande. Tiene ochenta metros cuadrados y no es una casa, es un departamento. Casa no significa hogar. Pero supongo que el significado de hogar fue -antes de volverse más complejo- usado únicamente para las casas. Porque las casas son una forma de hogar, y quizás la más tradicional.
Conozco hogares (ahora sí, hogares) en los que la noche no es la noche y puede confundirse fácilmente con el día, porque hay gente canturreando y escuchando discos, charlando, caminando. En esos sitios las tradiciones parecen estar al margen para que la luz central sea el disfrute. No hablo de descontrol, hablo de la transformación de las cosas mediante la actitud humana. Hay algunos humanos que no sé si pensaron alguna vez qué es la vida, o si leyeron un libro, o si directamente pensaron algo que se les dijo. Pero poco importa. Porque los humanos, solo con el criterio de que les guste o les disguste algo, son capaces de transformar el suelo en el que viven, de trasformar con los más mínimos elementos, una vida.
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