Está sentado en una silla, desde la que se ve el campamento piquetero del 2001. Apenado, dice que cómo puede ser así si este país es tan rico, que Argentina no tiene futuro. Que acá hay gente que tiene hambre, en serio. Señala el campamento al tiempo en que la cámara tambaleante lo muestra y dice: Esta es la verdad.
Así es como se acerca Pino Solanas a los relatos de los desocupados, los hambrientos, los afectados por la pobreza de la crisis en su documental ''La dignidad de los nadies''.
El film muestra diferentes historias de personas, de barrios pobres y sus habitantes; testimonios de médicos en un hospital deteriorado y desbordante de pacientes, testimonios de pacientes. O, como los insiste en llamar el director, relatos de los nadies. El tratamiento que se les da a estas personas en la película hace que pierdan su condición de nadies, o que se les de una oportunidad para que, frente a la cámara, la pierdan. Es raro imaginar el criterio con el que se eligieron los casos. Y esto pasa en varios documentales: la ficción parece estar más justificada que la realidad (o quizás parece aprovechar más el espacio que el cine le da).
Yo repito constantemente algo que dijo José Pablo Feimann, en calidad de filósofo, sobre la esperanza y la desesperanza. O sobre determinados estados, como la ignorancia o la duda, que le dan un valor al conocimiento. Porque si existe una persona ignorante, quiere decir que hay algo más que tiene que saber. Solanas subtitula la película como ''Historias y relatos de esperanza''. Es curioso cómo en algunas partes del film las, mejor dicho, desesperanzas de los nadies se ven como ''autorización a la inacción''. Es decir, cómo el director muestra la resignación de las personas, su tristeza y su rabia con un tono pesimista. Y clasificándolos, algunas veces, como ''nadie'' individualmente y no como ''pueblo'' colectivamente. Lo que dijo Feimann es que, justamente, ''la desesperanza no es inacción. A nadie autoriza a sumergirse en el amargo lamento de las causas perdidas''.
Las narraciones, o presentaciones, de Pino cada vez que se muestra un nuevo caso, tienden a tener un tono melancólico, de fijeza, como diciendo que lo que estamos viendo se quedará así. Es el observador, el que pasa y ve cómo viene la mano.
Como no soy frecuente espectadora de cine político, me impresionó que cada escena del documental tenga sensibilidad solo para lo político o lo social. Si se mostraba a una persona, sea cualquiera el lugar en el que esté, uno podía suponer que se trataba de un ser afectado por la división de clases, por la riqueza de los otros.
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